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CANCER
CAPITULO 163
El cáncer y el sistema inmunitario
El sistema inmunitario ataca y elimina no
solamente las bacterias y otras sustancias extrañas, sino también
las células del cáncer. Una célula cancerosa no
es una célula extraña; es una célula cuya función
biológica ha sido alterada de tal forma que no responde a los
mecanismos normales del cuerpo que controlan el crecimiento y la reproducción
de la misma. Las células anormales pueden continuar creciendo,
transformándose en cáncer.
En el sistema inmunitario, una buena parte de la
defensa del organismo contra el cáncer es llevada a cabo directamente
por las células, más que por los anticuerpos que circulan
en la sangre. Por ejemplo, la presencia de antígenos tumorales
sobre las células cancerosas puede activar ciertos glóbulos
blancos (linfocitos y, en un grado mucho menor, monocitos), los cuales
realizan una vigilancia inmunológica buscando las células
cancerosas y destruyéndolas.
El papel fundamental del sistema inmunitario de
controlar el desarrollo de una célula cancerosa, es ejemplificado
por una sorprendente estadística: el cáncer tiene 100
veces más posibilidades de aparecer en las personas que toman
fármacos que inhiben el sistema inmunitario (por ejemplo, a causa
del trasplante de un órgano o de una enfermedad reumática)
que en las que tienen un sistema inmunitario normal. Además,
algunas veces un órgano trasplantado tiene un cáncer que
no fue diagnosticado antes del trasplante. Este cáncer podía
haber ido creciendo muy lentamente o no haber crecido en absoluto en
el órgano del donante. Sin embargo, comienza a crecer y a extenderse
rápidamente en el paciente trasplantado, cuyo sistema inmunitario
está anulado por los fármacos suministrados para proteger
el trasplante. En general, cuando los fármacos que disminuyen
la respuesta inmunológica se suspenden, el órgano trasplantado
es rechazado y el cáncer trasplantado es igualmente destruido.
Antígenos tumorales
Un antígeno es una sustancia extraña
reconocida y marcada por el sistema inmunitario del cuerpo para ser
destruida. Los antígenos se encuentran sobre la superficie de
todas las células, pero normalmente el sistema inmunitario de
un individuo no reacciona contra las células propias. Cuando
una célula se convierte en cancerosa, nuevos antígenos
(no familiares para el sistema inmunitario) aparecen sobre la superficie
de esta célula y el sistema inmunitario puede considerar estos
nuevos antígenos, llamados antígenos tumorales, como extraños
y es capaz de frenar o destruir estas células cancerosas. Sin
embargo, aun funcionando plenamente, el sistema inmunitario no siempre
logra destruir todas las células cancerosas.
Los antígenos tumorales se han identificado
en varios tipos de cáncer, como el melanoma maligno, el cáncer
de hueso (osteosarcoma) y algunos tipos de cánceres gastrointestinales.
Las personas con estos cánceres pueden desarrollar anticuerpos
contra estos antígenos tumorales, pero generalmente los antígenos
no producen una respuesta inmunológica adecuada para controlar
el cáncer. Además, los anticuerpos pueden ser incapaces
de destruir el cáncer y algunas veces parece que incluso estimulan
su crecimiento.
Sin embargo, es posible sacar provecho de ciertos
antígenos tumorales. Los antígenos liberados en la sangre
por algunos cánceres pueden ser detectados mediante análisis
de sangre. En ocasiones estos antígenos se denominan marcadores
tumorales. El posible uso de estos marcadores tumorales como método
de detección de cáncer en la gente que no presenta síntomas
ha adquirido gran interés. Sin embargo, debido a que los análisis
son costosos y no muy determinantes, su uso en investigaciones sistemáticas
es generalmente poco aconsejable para la mayoría de los casos.
En cambio, son mucho más valiosos tanto en el diagnóstico
como en el tratamiento del cáncer. Por ejemplo, los análisis
de sangre pueden ayudar a determinar si el tratamiento de un cáncer
es efectivo. Si el marcador tumoral desaparece de la sangre, la terapia
probablemente ha sido eficaz. Si el marcador desaparece y más
tarde reaparece, el cáncer posiblemente ha reaparecido.
El antígeno carcinoembrionario (ACE) es un
antígeno tumoral que se encuentra en la sangre de las personas
con cáncer de colon, mama, páncreas, vejiga, ovario y
cuello del útero. Altas cantidades de este antígeno puede
también detectarse en los grandes fumadores y en quienes padecen
cirrosis hepática o colitis ulcerosa. Por lo tanto, la presencia
de una gran cantidad de antígenos carcinoembrionarios significa
la existencia de cáncer. La medición de los valores del
antígeno carcinoembrionario en las personas que han sido tratadas
por cáncer, ayuda a detectar una recidiva del mismo.
La alfa-fetoproteína (AFP), que es normalmente
producida por las células del hígado en el feto, se encuentra
en la sangre de las personas con cáncer de hígado (hepatoma)
y a menudo en gente con ciertos cánceres de ovario o de testículo
y en niños o adultos jóvenes con tumores de la glándula
pineal.
La gonadotropina coriónica humana beta (b-HCG),
una hormona producida durante el embarazo, que sirve como base para
los análisis del mismo, también aparece en mujeres que
tienen un cáncer originado en la placenta y en varones con varios
tipos de cáncer testicular. Esta hormona constituye un marcador
tumoral muy útil en el control del tratamiento para estos cánceres,
ya que ha ayudado a mejorar el porcentaje de cura en más de un
95 por ciento de los casos.
Los valores de antígeno-específico
prostático (AEP) son elevados en los hombres con crecimientos
no cancerosos (benignos) de la próstata y considerablemente en
aquellos que tienen cáncer de próstata. El valor a partir
del cual debe considerarse significativo es todavía incierto,
pero los individuos con una cantidad elevada de este antígeno
deberían ser sometidos a otros exámenes para buscar un
cáncer de próstata. Con la determinación de la
cantidad del antígeno específico prostático en
la sangre después del tratamiento del cáncer, se puede
saber si éste ha reaparecido.
El CA-125 es otro antígeno. Sus valores en
la sangre aumentan de manera sensible en las mujeres con distintas enfermedades
de los ovarios, incluyendo el cáncer y, como el cáncer
de ovario es difícil de diagnosticar, algunos expertos aconsejan
determinar el CA-125 en las mujeres mayores de 40 años. Sin embargo,
su falta de sensibilidad y de especificidad indica que aún no
es una prueba de detección preventiva.
Otros antígenos se encuentran en cantidades
elevadas, como es el caso del CA 15-3 que aparece en el cáncer
de mama, del CA 19-5 en el cáncer pancreático, la b2 microglobulina
en el mieloma múltiple y el lactato deshidrogenasa en el cáncer
testicular, pero ninguno de ellos puede ser recomendado como prueba
de detección precoz de cáncer. Sin embargo, son útiles
para controlar la respuesta al tratamiento de un cáncer ya diagnosticado.
Inmunoterapia
Los investigadores han desarrollado modificadores
de la respuesta biológica para incrementar la capacidad del sistema
inmunitario de encontrar y destruir el cáncer. Estas sustancias
son empleadas para las siguientes funciones:
- Para estimular la respuesta antitumoral del cuerpo
aumentando el número de células asesinas de los tumores
o produciendo uno o más mensajeros químicos (mediadores).
- Para actuar directamente como agentes destructores
de los tumores o como mensajeros químicos.
- Para frenar los mecanismos normales del cuerpo
que disminuyen la respuesta inmune.
- Para alterar las células tumorales, aumentando
así su probabilidad de desencadenar una respuesta inmune, o haciéndolas
más susceptibles de ser dañadas por el sistema inmunitario.
- Para aumentar la tolerancia del organismo a la
radioterapia o a las sustancias químicas utilizadas en la quimioterapia.
Uno de los modificadores de las respuestas biológicas
mejor conocidos y más ampliamente utilizados, es el interferón.
Casi todas las células humanas producen el interferón
de forma natural, pero también se puede fabricar con técnicas
biológicas de recombinación molecular. Aunque sus mecanismos
de acción no son totalmente claros, el interferón es importante
en el tratamiento de varios cánceres. Excelentes respuestas (incluyendo
algunas remisiones completas) se han obtenido en alrededor del 30 por
ciento de los pacientes con sarcoma de Kaposi, en el 20 por ciento de
los jóvenes con leucemia mieloide crónica y en el 15 por
ciento de las personas con carcinoma de las células renales.
Además, el interferón prolonga el período libre
de la enfermedad en los individuos con mieloma múltiple y algunos
tipos de linfoma que están en remisión.
En la terapia con células asesinas, se extraen
algunos de los propios linfocitos (un tipo de células blancas
de la sangre) de un paciente con cáncer. En el laboratorio, los
linfocitos se exponen a una sustancia llamada interleucina-2 (un factor
de crecimiento del linfocito-T) para crear células asesinas activadas
por la linfoquina, las cuales son inyectadas nuevamente en la persona
por vía intravenosa. Estas células tienen mayor capacidad
que las células naturales del cuerpo para detectar y destruir
las células cancerosas. Aunque cerca del 25 al 50 por ciento
de la gente que tiene melanoma maligno o cáncer de riñón
respondió bien a la terapia de células asesinas activadas
con linfoquina, esta forma de terapia está aún en fase
experimental.
La terapia humoral (anticuerpos) promueve al organismo
a producir anticuerpos. Sustancias como los extractos de bacterias de
la tuberculosis debilitadas (atenuadas), que se sabe aumentan la respuesta
inmune, han sido probadas en algunos cánceres. Inyectando las
bacterias de la tuberculosis directamente en un melanoma casi siempre
se produce un retroceso del cáncer. En algunas ocasiones, este
efecto se observa también en los tumores que se han extendido
hacia otras partes del cuerpo (metástasis). Algunos médicos
han usado también con éxito las bacterias de la tuberculosis
para controlar el cáncer de vejiga que no ha invadido aún
la pared de la misma.
Existe otra propuesta experimental que consiste
en unir los anticuerpos específicos contra el tumor con los fármacos
anticancerosos. De este modo, los anticuerpos, sintetizados en el laboratorio
e inyectados a una persona, guían a los fármacos hasta
las células cancerosas.
Por otra parte, otros anticuerpos creados en el
laboratorio pueden adherirse a la vez a las células cancerosas
y a los linfocitos asesinos, lo que lleva a la destrucción de
la célula cancerosa. Hasta ahora, tal investigación no
ha podido aplicarse de forma amplia en ningún esquema de tratamiento
de los cánceres.
Investigaciones recientes abren esperanzas para
el desarrollo de nuevos tratamientos. Algunos de ellos usan partes de
oncogenes, que son importantes en la regulación y en el crecimiento
celular.